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Los humedales y la gente

Celebramos a principio de mes el Día mundial de los Humedales. Hace menos de una década, pocos usaban este término y no existían muchas actividades por la efeméride, teniendo en cuenta que febrero es un mes de vacaciones en nuestro país. Hoy, en cambio, en redes sociales se comparte y difunde una importante cantidad de actividades para recordar y crear conciencia sobre la importancia de estos ambientes.

Desde el lado de las ONG, asociaciones y centros de investigación especializados se han realizado todas las acciones posibles para difundir los favores que los humedales brindan a la población. Se acuñó también la denominación “recursos ecosistémicos”, para agrupar y cuantificar los beneficios que nos reportan.

Creo que hasta el momento las iniciativas, las expresiones artísticas y el sentido común convirtieron a los humedales en paradigma de nuestros tiempos.

Aún así, desaparecen -como una costumbre- bajo cientos de metros de tosca y se comercializan con carteles publicitarios, prometiendo paraísos privados y cercados.

Creo que existe una parte de este problema que no alcanzamos a vislumbrar, o lo hacemos cuando se firmó la partida de defunción del humedal.

Y es que el destino de estos ambientes se encuentra en manos de concejales, funcionarios municipales, diputados y otros servidores públicos.

A esto se suma que estos representantes, una vez ungidos con el voto popular, acceden a sus cargos y allí se quedan, con lo poco o mucho aprendido hasta ese momento. No hay una evolución en su conocimiento sobre la universalidad de temas sobre los que van a legislar, entre ellos el de los humedales. No es que deban versar sobre todos los temas, pero tienen el tiempo y los recursos para decidir con criterio y sentido común. Y cuando hablo de recursos me refiero al conocimiento y la experiencia de los que conocemos estos reservorios desde antes de ser famosos.

La ley de Humedales todavía no sale, presa del lobby inmobiliario y empresarial que sabe que en el ‘mientras tanto’ hay luz verde para los negocios de unos pocos.

En estos últimos años, la marea del progreso se llevó puestos a muchos humedales y los que quedan laten y resisten a la urbanización.

Lo tragicómico de la situación es que se rellenan y modifican espacios de biodiversidad para construir barrios de fantasía, destinados a un pequeño sector del país que quiere vivir ‘seguro’ detrás de un alambrado bienestar. Urbanizaciones caras y selectas con nombres como Lake of Berazategui o los Ombúes de Hudson (si supiera Guillermo de este engendro…).

Lo que perdemos no interesa. Entonces resulta que las nuevas inundaciones de la periferia se deben al cambio climático. Total, las obras hidráulicas complementarias necesarias para suplir lo que funcionaba naturalmente nos costarán a todos -ahora sí todos- apenas unos cientos de millones.

A veces me imagino que el suelo y los humedales se presentan en un exuberante banquete, servido para personajes seducidos por pecados capitales como la soberbia, la pereza y la avaricia, tal vez los más capitales de todos.

La pérdida incesante de estos ambientes se aceita en largos procesos legales, en evaluaciones de impacto ambiental casi ridículas (como cuando se rellenaron 50 hectáreas de humedales de Isla Paulino con refulados contaminados con hidrocarburos para la Terminal de Contenedores de. Puerto La Plata; trabajo de una empresa con domicilio en Tierra del Fuego).

Otra herramienta en el proceso son las audiencias públicas, maratónicas y repletas de argumentos, pero no vinculantes y sin eficacia para frenar obras como la referida.

No debemos permitir que meros negocios inmobiliarios disfrazados de progreso para la población se mezclen en nuestra historia ambiental.

Nos merecemos intendentes y funcionarios que no sucumban frente a un grupo de personajes trajeados, con maletines y carpetas de proyectos. Que además tengan criterio y puedan discernir lo que es mejor para la gente. Y que también dejen de pecar de necios, por desconocer lo que deberían conocer, tal su definición.

Ya nos acostumbramos a las inundaciones, ya plantamos soja hasta en la luna, ya hubo pérdidas y muertes de grandes y chicos, arrastrados por el agua que no puede pasar por los barrios privados, antiguos humedales, y se lleva todo y a todos a su alrededor.

Ya normalizamos que un avión fumigue con agrotóxicos a 200 metros de los patios de las escuelas donde se educa el futuro de la patria y se iza la bandera de nuestro país todos los días.

La pérdida de biodiversidad de nuestro país se decide en despachos elegantes, con aire acondicionado, a cientos de kilómetros de la realidad. Es una lucha desigual y despareja, donde David no gana nunca.

Los procesos de modificación, rellenos y desaparición en este caso de nuestros humedales, suceden en semanas y son categóricos. El ambiente no existe más.

Hace días festejamos el día de la educación ambiental y afirmamos la importancia de esta herramienta en la educación de los pueblos. Me pregunto ¿Qué podrá ver un chico de cuarto grado en 15 años? Ese mismo al que hoy se le fumiga la escuela.

En el Concejo Deliberante local, la Comisión de Salud y Medioambiente no se reunió nunca durante 2018. ¿Será que cumplen los dichos del General? Eso de ‘si algo no se quiere resolver, formen una comisión’…

Como decía un personaje de la televisión, ‘billetera mata humedal’. Cuiden los humedales y no tendrán que justificar el cambio climático. Cuiden los humedales y sus hijos podrán pescar. Ilustren al funcionario de turno para que comprenda por qué es obligatorio proteger los humedales. Visiten un humedal, aprendan sus funciones, contemplen sus bellezas y lleven a sus hijos y recuérdenles que son el futuro de todos.

No soy un idealista. Quiero el progreso y el bienestar económico, pero en equilibrio, con intercambio de opiniones y discusiones esclarecedoras entre la gente y los que deciden sobre esa gente. Sin decretos ni plumazos. Con consenso.

(*) El autor es director del Museo Ornitológico y Centro de Interpretación Ambiental.

 

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